Niño Impertinente tiene la fea y molesta costumbre de meter el dedo en el culo a todo el mundo. Su maestra ha hablado con el psicólogo del colegio quien ha hecho llamar a los padres del niño para una entrevista. Sólo ha acudido la madre porque el padre tiene la agenda muy ocupada. Tras la entrevista y algunas notas que ha tomado, el doctor ha diagnosticado que la conducta del niño la ha aprendido de su padre, quien se pasa todos los días del año metiendo el dedo en el culo a mucha gente. “Pues en casa no hemos notado nada extraño en su comportamiento” había dicho la madre al psicólogo. Pero en distintas ocasiones el padre había llevado a Niño Impertinente a varias de sus reuniones de empresa en donde había presenciado cómo su progenitor le metía el dedo en el culo a asesores, directivos, colaboradores y secretarias, varias veces a lo largo de la reunión. El padre del niño, pensó el psicólogo, debe de ser un pez gordo. Niño Impertinente también había observado en el palco presidencial del estadio de fútbol, cuando lo había llevado su padre, cómo éste repetía aquel singular ritual con el presidente del club local, con algún periodista y con el alcalde de la ciudad que, casualmente, pasaba por allí. Lo mismo en reuniones informales en la casa de comidas habitual el niño había advertido cómo se metían mutua y a veces simultáneamente el dedo en el culo su padre, el presidente de la comunidad y el arzobispo.
El psicólogo tuvo varias sesiones con Niño Impertinente para intentar modificar aquella conducta tan desagradable pero no encontró los resortes precisos para dar con una solución satisfactoria.
Un día Niño Impertinente dejó de meter el dedo en el culo a los demás. Fue el día en que, en el recreo, un niño cansado de tanta tontería le introdujo un zapato en el culo a Niño Impertinente preguntándole: “¿A que molesta que alguien intente joderte todos los días con sus gilipolleces?”. Luego se lo quitó y se lo dio a oler. Ipso facto, con dos lagrimones resbalándole por el rostro, se percató de lo incómodo y violento que es que alguien te meta el dedo en el culo.
Al final, más tarde o más pronto, todo lo que conocemos y lo que no conocemos se va a ir al carajo, y tú y yo nos lo habremos pasado en grande, ardiendo de risa como material fungible.
sábado, 24 de enero de 2009
miércoles, 31 de diciembre de 2008
La Maga

La realidad es una ilusión muy persistente
Albert Einstein
El año está lleno de días que parecen repetirse como un tópico.
Pero hay días que apenas duran unas horas y entonces
el universo se concentra en un tic-tac invisible, que no pasa,
y una Maga que acaricia las palabras con acento foráneo y mío
me despeina todos los minutos y ya no quiero volver a peinarme.
Hay años que terminan el treinta y uno de diciembre
exhaustos de monotonía.
Pero este año acabará cuando le plazca lleno de ojeras,
en forma de marca-páginas, en una calle abierta al abismo del almanaque,
con un frío que se estrella contra el estómago,
recetando libros como pastillas para soñar,
como un truco de magia inolvidable.
El año está hecho de días desordenados del uno a las uvas,
de números despreocupados en calendarios caducifolios,
de camas deshechas y de viernes embriagados…
pero sobre todo está hecho de palabras
que la Maga escribe para que el paso del tiempo
no sea tan ininteligible, absurdo y perezoso.
miércoles, 24 de diciembre de 2008
La Navidad (o la tiranía de la felicidad)

Lo cierto es que nunca he odiado la navidad y me gustan las calles decoradas con bombillas de colores. Odio lo que todo el mundo: los villancicos, los noeles colgados de las ventanas, la sobredosis de publicidad, los centros comerciales (todo el año) y el tener que estar feliz y toda esa mierda hipócrita. Los pesimistas lo tenemos muy jodido para reír por reír –pero cuando nos reímos nos partimos el pecho- y estas dichosas fechas son tan asquerosas, anodinas o brillantes como cualquier día de playa, un cumpleaños o una semana en el campo. Pasarlo bien es un acto individual (casi siempre compartido) y desconfío ampliamente del buen rollo colectivo-espontáneo. La navidad es como una película porno: cuanto más consientes más te dan por todas partes, y acaban echándote todo el confeti por la cara.
No voy a desearos felices fiestas porque no os hace falta; cada uno sabe qué cuota de felicidad-infelicidad necesita para bailar sobre la tumba de la tristeza, y ya habréis pedido lo vuestro a Santa Klaus. A mí no me ha hecho falta porque una Belleza, anticipándose, me ha regalado un libro... a orillas del mar (gracias Guapa), más no se puede pedir.
Así que FELIZ NAVIDEAD.
domingo, 7 de diciembre de 2008
RADICALES LIBRES V (ob-la-di ob-la-da o cuarenta años desde The White Album)
The Beatles

No sé si eran buenos o malos músicos y compositores, pero no eran un fraude.
Mis recuerdos más remotos, a parte de aquella profesora de la que me enamoré como un tonto, están ligados a los Beatles, y más particularmente a los recopilatorios “Rojo” y “Azul”, dos botones de muestra que me valían para saber que estaba ante algo enorme de los cuatro chicos buenos de Liverpool.
Uno de los pasatiempos de entonces era jugar con mis hermanos a ser los Beatles: poníamos el LP o una cassette y éramos los Littles, claro, y yo era Ringo Starr. A veces subía el vecino del 3º y se convertía en el quinto beatle, pero nosotros sabíamos que sólo triunfaríamos siendo cuatro.
Ha llovido lo suyo desde aquellos días soleados de mi infancia hasta este invierno de material fungible, pero aún me quedo pegado cuando, por azar o deliberadamente, escucho cualquier tema suyo.
He vuelto sobre su obra estos días y hay cosas nuevas o inesperadas en ella. Desde aquel horror rosa del Love Me Do hasta el brutal Helter Skelter, por ejemplo, hay cosas imperecederas en la música de los cuatro jinetes del LSD.
No sé si es porque soy un juguete de mi subjetividad por lo que creo en la vigencia de su música o es que el tiempo ha tratado bien a sus canciones, pero el tiempo sólo trata bien a aquello que no defrauda.
… please, wait a minute Mr. Postman…

No sé si eran buenos o malos músicos y compositores, pero no eran un fraude.
Mis recuerdos más remotos, a parte de aquella profesora de la que me enamoré como un tonto, están ligados a los Beatles, y más particularmente a los recopilatorios “Rojo” y “Azul”, dos botones de muestra que me valían para saber que estaba ante algo enorme de los cuatro chicos buenos de Liverpool.
Uno de los pasatiempos de entonces era jugar con mis hermanos a ser los Beatles: poníamos el LP o una cassette y éramos los Littles, claro, y yo era Ringo Starr. A veces subía el vecino del 3º y se convertía en el quinto beatle, pero nosotros sabíamos que sólo triunfaríamos siendo cuatro.
Ha llovido lo suyo desde aquellos días soleados de mi infancia hasta este invierno de material fungible, pero aún me quedo pegado cuando, por azar o deliberadamente, escucho cualquier tema suyo.
He vuelto sobre su obra estos días y hay cosas nuevas o inesperadas en ella. Desde aquel horror rosa del Love Me Do hasta el brutal Helter Skelter, por ejemplo, hay cosas imperecederas en la música de los cuatro jinetes del LSD.
No sé si es porque soy un juguete de mi subjetividad por lo que creo en la vigencia de su música o es que el tiempo ha tratado bien a sus canciones, pero el tiempo sólo trata bien a aquello que no defrauda.
… please, wait a minute Mr. Postman…
martes, 11 de noviembre de 2008
DE MIL AMORES III
Emmanuelle (o las antípodas tienen forma de mujer)
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Tú de blanco virginal, yo de negro
tú ojos miel, yo mirando tu escote
tú en tierra firme, yo saliendo a flote
tú te creces más, yo me desintegro.
Tú no sales a bailar, yo me invento
tú te paras a charlar, yo prosigo
tú con nadie alrededor, yo conmigo
tú personaje ideal, yo esperpento.
Tú piernas esbeltas, yo cojo del mes
tú la cara y la cruz, yo sólo el envés
tú un clásico del cine, yo un telefilm
tú Moët et Chandon, yo vino peleón
tú sonrisa recatada, yo pendón
tú piedra rubí, yo el patero Ibrahim.
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Tú de blanco virginal, yo de negro
tú ojos miel, yo mirando tu escote
tú en tierra firme, yo saliendo a flote
tú te creces más, yo me desintegro.
Tú no sales a bailar, yo me invento
tú te paras a charlar, yo prosigo
tú con nadie alrededor, yo conmigo
tú personaje ideal, yo esperpento.
Tú piernas esbeltas, yo cojo del mes
tú la cara y la cruz, yo sólo el envés
tú un clásico del cine, yo un telefilm
tú Moët et Chandon, yo vino peleón
tú sonrisa recatada, yo pendón
tú piedra rubí, yo el patero Ibrahim.
sábado, 1 de noviembre de 2008
OBSCENAMENTE RICO

Recojo el testigo que mi Mademoiselle me pasa para que desbarre con la posibilidad de ser rico. Vale:
Para empezar, la riqueza me haría, cómo no, inmensamente humilde. Pero no daría un palo al agua, y todo ese tiempo que robaba el trabajo lo dedicaría al ocio… de una manera humilde, claro. Primero montaría una modesta editorial en donde mis ídolos blogeros dieran rienda suelta a mi imaginación. Luego viajaría en un modesto jet privado y cuando me cansara de verlo todo volvería para comprar un edificio céntrico donde montaría una sala de cine y de teatro en la primera planta, una sala de conciertos en la tercera, una cervecería de madera y piedra en el bajo y un salón de lectura y café en el segundo. La buhardilla, que también la habría, sería un camarote privado donde pasar veladas de desvelo, vino y risas con los amigos. Volvería a viajar y terminaría una carrera o dos. Creo que por último volvería a viajar e intentaría resucitar a Groucho.
Y, como todo millonario que se precie (por muy humilde que sea), tendría una casita desde donde ver el mar, y escribir… y empezar a llamarla en femenino la mar y tutearla como sólo se puede tutear a una mujer.
sábado, 27 de septiembre de 2008
EL OLFATO (dejar de fumar)

Los amigos dejan de fumar y salen, con cuentagotas, algún viernes a beber unas cervezas. Yo quiero pensar que lo de dejar de fumar es una cosa transitoria como el acné o los nacionalismos; fases innecesarias para alcanzar otro estadio.
Los amigos dejan de fumar diciendo que les gusta fumar pero lo dejan y engordan y hacen abdominales (los míos venían hechos), cosa grimosa y ordinaria donde las haya, y te preguntan, medio en broma y muy en serio, si nunca has pensado en dejar de fumar, y respondes que sí, por supuesto, igual que has pensado en matar a la profesora de matemáticas o en atracar un banco y esa profesora sigue viva y traumatizando alumnos, el banco tiene la caja fuerte intacta y yo enciendo otro cigarro.
No me molesta que los amigos dejen de fumar, no soy tan tonto, pero cuando los veo y tomamos unas cervezas algún viernes y soy el único que se lleva un cigarro a la boca, cierta nostalgia recorre los túneles de mi memoria como un tren fantasma porque, al fin y al cabo, nos conocimos todos hace mil años en el vagón de fumadores.
Los amigos han dejado de fumar, creo, porque han perdido el sentido del olfato; ese sentido sin el cual todas las comidas sabrían a una única comida o a ninguna, la piel de la persona amada sería idéntica a la del vecino odiado y el sexo sería gimnasia.
Estos días ando griposo y sé de lo que hablo: nunca ha sido tan insípido el tabaco como cuando el olfato ha abandonado sus quehaceres y me ha dejado cojo de un sentido, a pesar de tener una nariz que bien podría ser objeto de mofa de un Quevedo impío.
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