
De todos mis órganos vitales
el que más me gusta es la radio,
alojada donde el alma, los sueños,
el iceberg del inconsciente o la mesilla.
Horas y noches y años de palabras
cosquillas hertzianas para un corazón
desesperanzado,
ondas que por suerte me despeinan,
desde muy chico hasta estas canas,
con su música, su crítica, su magia,
su dial de aguja enhebrando frecuencias
y hábitos
que acaban clavándose en mis venas
convirtiéndome en un yonki de la cosa.
La antena enhiesta como un vigía
olfateando por dónde viene la señal
o desparramada como la alegría
sobre unos libros de Montalbán,
pero siempre clavada en el aire
libando el éter de los minutos
para anestesiar mis días malos,
mis insomnios
y embadurnar las horas con la miel
que necesitan mis oídos.
Dedicado con especial cariño a los programas
“Historias”, “Pioneros” y “Videodrome”.
Y a “Carne Cruda” por darme los mejores
aperitivos abiertos en canal.