
Su amistad y una larga historia de noches de palabras, humo y alcohol me hicieron crecer. Antes de conocer a Javi, yo tenía una cabeza como quien tiene un jarrón chino de imitación: de adorno. Y con él aprendí que el único sentido de un adorno tan estúpido es su destrozo. En este proceso de derribo-construcción tuvo mucho que ver la actitud de un tipo que duda hasta la extenuación y tiene no más de cuatro certezas pero las tiene bien agarradas por los huevos, y la poesía de un tipo nada común; una especie disidente en peligro de extinción.
Sus composiciones son pura arquitectura poética que parece no haber pasado por ningún filtro. Belleza y fuerza que no usa aspavientos ni pirotecnia verbal. Versos derrotados cargados de vida de quien ha vivido con pasión y se ha desilusionado lo justo, con el pesimismo inteligente de un Sísifo urbanita que sabe que la vida es una rueda de ratón que, como no lleva a ningún lado, hay que cuestionarla y, a veces, apearse y bailar un agarrado para tocarle el culo a la chica.
El amor y la muerte, esas dos patas para un banco filosofal, también están presentes aquí: un amor desnudo, cauterizante, que cura al tiempo que hiere, sin toda esa basura almibarada que cantan los imbéciles; y una muerte como otro naufragio, sin flores ni Dios, un evento tuteado alejado del dramatismo oscuro de los románticos.
Javi es un radical desde la r hasta la l: de verdad. Estos versos suyos son más que elocuentes:
“Amarte no es hacerse bueno para siempre,
amarte es hacerse rebelde y clandestino”.
Sus amigos y familiares ruegan una oración por su alma.